Peru Press — Agencia de Noticias / Periodismo gastronómico y turístico desde el Perú Fri, 10 Jul 2026 03:17:49 +0000 es-PE hourly 1 https://wordpress.org/?v=7.0.1 Chicharrón, butifarra y leche de tigre: clásicos que no fallan /notas/chicharron-butifarra-y-leche-de-tigre-clasicos-que-no-fallan/ /notas/chicharron-butifarra-y-leche-de-tigre-clasicos-que-no-fallan/#respond Thu, 09 Jul 2026 21:12:58 +0000 /notas/chicharron-butifarra-y-leche-de-tigre-clasicos-que-no-fallan/ LIMA — En cualquier esquina de la capital, tres platos resumen buena parte de la identidad culinaria peruana: el chicharrón, la butifarra y la leche de tigre. Ninguno necesita presentación en una mesa criolla, pero cada uno guarda una historia que va más allá del sabor inmediato que los hizo famosos.

El chicharrón —trozos de cerdo fritos en su propia grasa hasta quedar dorados y crocantes por fuera, jugosos por dentro— es una preparación que llegó con la tradición ibérica y se adaptó a los ingredientes locales. En Lima se sirve de mil maneras: como plato de fondo acompañado de camote frito, yuca sancochada y salsa criolla de cebolla; como relleno del pan con chicharrón que se vende en carretillas desde temprano; o como parte del infaltable «combinado» con tamal, otro clásico del desayuno dominguero. Los puestos de chicharrón más antiguos de la ciudad —muchos con más de medio siglo de historia— siguen la misma receta de siempre: paciencia, buena manteca y cerdo criado con cuidado.

La butifarra, el sánguche que cruzó generaciones

La butifarra —o sánguche de chicharrón, como también se le conoce en su versión más popular— nació como comida de estación y de esquina, pensada para comerse de pie y rápido. Pan francés crocante, chicharrón troceado, camote y una generosa capa de salsa criolla hecha con cebolla cortada en pluma, ají amarillo, limón y culantro son los elementos que no pueden faltar. Es una preparación democrática: se encuentra tanto en carretillas de barrio como en la carta de restaurantes con nombre propio, y en ambos casos exige el mismo respeto por el punto de la cebolla, que debe quedar crocante y nunca aguada.

Leche de tigre: el jugo que se volvió protagonista

Durante décadas, la leche de tigre fue apenas el líquido que quedaba en el fondo del plato de ceviche, el que los comensales pedían de yapa para «levantar» después de una noche larga. Con el tiempo se independizó del plato que la originó y hoy se sirve como entrada propia, en vasos o copas, a veces con trozos de pescado, mariscos, choclo y cancha. Se prepara macerando pescado fresco en limón, con cebolla, ají limo, culantro, apio y kion, y su nombre —dicen los cocineros de barrio— viene de la fama que tenía como reconstituyente. Hoy existen variantes con leche de coco, con rocoto o con distintos mariscos, pero la base sigue siendo la misma: pescado de buena procedencia y un manejo preciso del ácido del limón.

Los tres platos comparten algo más que ingredientes: son parte de la cocina de calle y de mercado, la que se cocina sin manual y se transmite de generación en generación en fondas, picanterías y puestos ambulantes. Es también la cocina que, con el boom gastronómico de las últimas dos décadas, terminó llegando a las cartas de restaurantes de autor sin perder su origen popular. Para quien visita Lima por primera vez, probar chicharrón, butifarra y leche de tigre en el mismo día —de preferencia en un mercado o en una picantería de barrio— sigue siendo una de las formas más directas de entender la cocina peruana desde la calle.

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La ruta del pisco en Lunahuaná: bodegas que hay que conocer /notas/la-ruta-del-pisco-en-lunahuana-bodegas-que-hay-que-conocer/ /notas/la-ruta-del-pisco-en-lunahuana-bodegas-que-hay-que-conocer/#respond Thu, 09 Jul 2026 21:12:57 +0000 /notas/la-ruta-del-pisco-en-lunahuana-bodegas-que-hay-que-conocer/ LUNAHUANÁ — A menos de tres horas al sur de Lima, el valle de Cañete se abre entre cerros áridos y parras verdes que anuncian uno de los territorios pisqueros más antiguos del Perú. Lunahuaná y su vecina Pacarán concentran una tradición vitivinícola que se remonta a la Colonia, cuando los primeros viñedos españoles encontraron en este microclima seco y soleado condiciones casi ideales para la uva pisquera.

El pisco, declarado Denominación de Origen peruana, solo puede producirse en cinco regiones del país —Lima, Ica, Arequipa, Moquegua y Tacna— y únicamente a partir de uvas pisqueras cultivadas en esas zonas: quebranta, negra criolla, mollar, italia, torontel, albilla y moscatel. Cañete, con Lunahuaná a la cabeza, es la puerta pisquera más cercana a la capital, lo que la convirtió en destino habitual de quienes quieren conocer el proceso completo sin alejarse demasiado de Lima.

Bodegas que abren sus puertas

La ruta del pisco en la zona reúne bodegas de distinto tamaño y antigüedad, desde emprendimientos familiares que producen en pequeña escala hasta casas con más de un siglo de historia. Muchas ofrecen recorridos guiados por sus parras, sus alambiques de cobre y sus bodegas de guarda, donde el visitante puede ver de cerca el proceso completo: la vendimia, el prensado, la fermentación del mosto y la destilación, que en el pisco —a diferencia de otros destilados— se hace en un solo paso, sin rectificación, para conservar todo el carácter aromático de la uva.

El recorrido suele cerrar con una cata guiada, donde se distinguen los tres grandes estilos: puro (de una sola variedad de uva), acholado (mezcla de variedades) y mosto verde (destilado a partir de un mosto que no completó su fermentación, de sabor más suave y untuoso). Los productores de la zona suelen destacar que cada bodega imprime su propio sello al pisco según el suelo, la altitud y el manejo de sus parras, lo que explica por qué dos piscos de la misma variedad de uva pueden tener perfiles tan distintos.

Más que una bodega: un valle para el turismo de aventura

Lunahuaná no vive solo del pisco. El mismo valle que alberga las bodegas es también uno de los destinos de canotaje más conocidos del centro del país, gracias al caudal del río Cañete, y combina la visita pisquera con caminatas, paseos en bicicleta y ferias de productos regionales los fines de semana. Esa mezcla de enoturismo y turismo de aventura, a poca distancia de Lima, es lo que ha convertido a la ruta del pisco de Lunahuaná en una escapada de fin de semana clásica para limeños y visitantes extranjeros por igual, y en una vitrina permanente de un producto que representa al Perú en el mundo.

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FICONTUR reunió al sector turístico en Lima /notas/ficontur-reunio-al-sector-turistico-en-lima/ /notas/ficontur-reunio-al-sector-turistico-en-lima/#respond Thu, 09 Jul 2026 21:12:56 +0000 /notas/ficontur-reunio-al-sector-turistico-en-lima/ LIMA — Ferias como FICONTUR se han convertido en un punto de encuentro recurrente para el sector turístico peruano: un espacio donde operadores, agencias de viaje, cadenas hoteleras, aerolíneas y oficinas de promoción regional se reúnen bajo un mismo techo para cerrar acuerdos comerciales, presentar nuevos destinos y afinar la oferta que luego llega al viajero final.

Este tipo de encuentros sigue un formato ya conocido en la industria: una zona de stands donde cada región muestra su oferta —desde circuitos de turismo vivencial en la sierra hasta paquetes de playa en el norte y rutas amazónicas—, ruedas de negocios entre compradores y vendedores, y un programa paralelo de charlas y capacitaciones dirigidas a agencias de viaje, guías y pequeños emprendedores turísticos. Para muchas empresas regionales, participar es una de las pocas ventanas del año para presentar su oferta directamente a operadores limeños y extranjeros sin depender de intermediarios.

Un termómetro para el sector

Más allá del cierre de negocios, ferias de este tipo funcionan como termómetro del estado del turismo peruano: qué destinos ganan tracción, qué segmentos crecen —turismo rural comunitario, turismo gastronómico, turismo de naturaleza— y qué retos persisten, como la conectividad aérea hacia regiones alejadas o la necesidad de mejorar la señalización y los servicios básicos en destinos emergentes. Los organizadores y gremios del sector suelen coincidir en que la diversificación de la oferta —más allá de los destinos ya consolidados como Cusco o Lima— es uno de los pendientes estructurales del turismo receptivo peruano.

El público que asiste no se limita a profesionales del rubro. La jornada abierta al público general permite que familias y viajeros independientes se acerquen a cotizar paquetes, resolver dudas sobre documentación y descubrir destinos que no suelen aparecer en las rutas más promocionadas. Esa combinación de rueda de negocios y feria abierta es, precisamente, lo que ha dado continuidad a este tipo de citas dentro del calendario ferial limeño.

Con cada edición, el sector reafirma algo que sus propios gremios repiten con frecuencia: el turismo peruano depende tanto de la belleza de sus destinos como de la capacidad de la industria para organizarse, promocionarse y conectar oferta con demanda. Ferias como esta son, en ese sentido, la maquinaria menos visible pero igual de necesaria detrás de cada viaje que termina reservándose.

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Machu Picchu: la ciudadela que sigue asombrando al mundo /notas/machu-picchu-la-ciudadela-que-sigue-asombrando-al-mundo/ /notas/machu-picchu-la-ciudadela-que-sigue-asombrando-al-mundo/#respond Thu, 02 Jul 2026 14:00:00 +0000 /notas/machu-picchu-la-ciudadela-que-sigue-asombrando-al-mundo/ CUSCO — A 2,430 metros sobre el nivel del mar, envuelta casi siempre en un manto de neblina que se abre y cierra sobre las montañas, Machu Picchu continúa siendo la postal que más se asocia con el Perú en cualquier parte del mundo. Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1983 y elegida como una de las nuevas siete maravillas del mundo moderno en 2007, la ciudadela inca recibe cada año a cientos de miles de visitantes que llegan por tren, por el histórico Camino Inca o por rutas alternativas de trekking que atraviesan la Cordillera de Vilcabamba.

Construida en el siglo XV, durante el apogeo del imperio inca bajo el gobierno de Pachacútec, Machu Picchu combina arquitectura ceremonial, terrazas agrícolas y un sistema de canales de agua que sigue funcionando después de más de 500 años. Los estudios arqueológicos coinciden en que no fue una ciudad cualquiera, sino probablemente una residencia real y un centro religioso, dada la calidad de su piedra labrada y la presencia de templos como el del Sol y el Intihuatana, el reloj solar de piedra que los incas usaban para marcar los solsticios.

Un ícono que también es un reto de conservación

El propio éxito de Machu Picchu como destino turístico plantea un desafío permanente: equilibrar el acceso de visitantes con la conservación de un sitio construido en piedra seca, sin argamasa, y expuesto a la lluvia, la humedad y el tránsito constante. Las autoridades del santuario histórico han ido ajustando a lo largo de los años el número de visitantes por franja horaria y los circuitos internos, en un esfuerzo por proteger tanto la piedra como los ecosistemas de la zona, donde conviven especies como el oso de anteojos y decenas de variedades de orquídeas.

Llegar hasta la ciudadela sigue siendo, en sí mismo, parte de la experiencia. El Camino Inca clásico —una caminata de varios días entre puentes colgantes, túneles tallados en roca y otros complejos arqueológicos menores— es la ruta más solicitada y suele reservarse con meses de anticipación por el límite diario de caminantes. Para quienes prefieren un recorrido más corto, el tren desde Cusco o desde el Valle Sagrado hasta el pueblo de Aguas Calientes ofrece una alternativa igual de espectacular, con vistas al cañón del río Urubamba.

Un símbolo que trasciende la piedra

Más de un siglo después de que el mundo académico occidental la diera a conocer ampliamente, Machu Picchu sigue funcionando como la puerta de entrada al turismo peruano: es, para buena parte de los visitantes extranjeros, la razón inicial del viaje y, muchas veces, el punto de partida para descubrir después Cusco, el Valle Sagrado y el resto del país. Esa combinación de valor arqueológico, paisaje y misterio —todavía hay preguntas abiertas sobre el uso exacto de algunas de sus estructuras— explica por qué la ciudadela inca sigue apareciendo, edición tras edición, entre los destinos más deseados del planeta.

El video oficial de la campaña Marca Perú, difundido por el canal turístico Visit Peru, resume en pocos minutos lo que miles de viajeros describen al bajar del tren en Aguas Calientes: la sensación de llegar a un lugar que parece fuera del tiempo.

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Inti Raymi: la fiesta del sol que revive el imperio inca en Cusco /notas/inti-raymi-fiesta-del-sol-cusco/ /notas/inti-raymi-fiesta-del-sol-cusco/#respond Wed, 24 Jun 2026 14:00:00 +0000 /notas/inti-raymi-fiesta-del-sol-cusco/ CUSCO — Cada 24 de junio, coincidiendo con el solsticio de invierno en el hemisferio sur, Cusco revive una de las celebraciones más antiguas de Sudamérica: el Inti Raymi, o «Fiesta del Sol», el ritual con el que los incas rendían homenaje a su principal divinidad al inicio del nuevo ciclo agrícola. Considerada una de las festividades más multitudinarias del continente, la celebración actual recrea, con actores, danzantes y músicos, la ceremonia que en tiempos incas presidía el propio Inca desde el Coricancha, el templo del Sol.

La versión contemporánea del Inti Raymi se recuperó recién en el siglo XX, luego de que la festividad original fuera prohibida durante la Colonia por las autoridades españolas, que la consideraban un ritual pagano incompatible con la evangelización. Su recreación moderna se estructura en tres escenarios sucesivos: comienza en el Coricancha, continúa en la Plaza de Armas de Cusco y culmina en la explanada de Sacsayhuamán, la imponente fortaleza de piedra en las afueras de la ciudad, donde se representa la ceremonia central con cientos de participantes vestidos con trajes inspirados en la indumentaria incaica.

Una puesta en escena que involucra a toda la ciudad

Meses antes de cada edición, decenas de actores, danzantes, músicos y artesanos locales se preparan para dar vida a la representación: desde el actor que encarna al Inca hasta los figurantes que interpretan a la nobleza, los sacerdotes y el pueblo. La preparación del vestuario, la coreografía y la música —basada en instrumentos andinos tradicionales como la quena, el charango y distintos tipos de tambores— convierte al Inti Raymi en un proyecto colectivo que involucra a buena parte de la comunidad artística cusqueña, y que se prepara con meses de anticipación cada año.

Más que un espectáculo turístico

Aunque hoy es también un fuerte atractivo turístico —uno de los que más visitantes concentra en Cusco durante el mes de junio, junto a otras festividades del llamado «Junio cusqueño»—, los cultores y organizadores de la fiesta insisten en que el Inti Raymi conserva un componente de reivindicación cultural: es una de las formas más visibles en que la ciudad reafirma su herencia incaica y quechua ante el mundo, en un país donde buena parte de esa historia sobrevivió pese a siglos de intentos de borrarla. Historiadores y antropólogos locales suelen señalar que la fiesta funciona, al mismo tiempo, como espectáculo y como acto de memoria: una manera de mantener viva una cosmovisión que sigue presente en la vida cotidiana de buena parte de la sierra sur del Perú, mucho más allá de la representación de un solo día.

Para quien visita Cusco en esas fechas, el Inti Raymi ofrece algo poco común: la posibilidad de ver, en un mismo escenario natural de piedra milenaria, una puesta en escena que mezcla historia, identidad y turismo, con la Cordillera de los Andes como telón de fondo y el mismo sol que los incas honraban hace más de cinco siglos como protagonista silencioso de la jornada.

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Islas Ballestas y la Reserva de Paracas: el otro rostro del desierto peruano /notas/islas-ballestas-reserva-de-paracas/ /notas/islas-ballestas-reserva-de-paracas/#respond Fri, 15 May 2026 14:00:00 +0000 /notas/islas-ballestas-reserva-de-paracas/ PARACAS — A poco más de tres horas al sur de Lima, la costa de Ica se abre en un paisaje que rompe con la imagen más difundida del Perú: en lugar de montañas verdes o selva, aquí el desierto llega directo al mar. La Reserva Nacional de Paracas, creada en 1975 para proteger uno de los ecosistemas marino-costeros más ricos del país, y las Islas Ballestas, frente a sus costas, forman uno de los circuitos de naturaleza más visitados del litoral peruano.

El recorrido más popular empieza en el muelle de El Chaco y se hace en bote, bordeando primero el Candelabro, una enorme figura de casi 200 metros trazada sobre la ladera de un cerro cuyo origen exacto —¿un símbolo religioso paracas, una referencia náutica colonial, un símbolo masónico?— sigue siendo motivo de debate entre arqueólogos e historiadores locales, sin que exista hasta hoy una explicación definitiva y unánime. Desde ahí, las embarcaciones continúan hacia las Islas Ballestas, donde conviven miles de lobos marinos, pingüinos de Humboldt, piqueros, pelícanos y otras aves guaneras en un entorno de arcos y cuevas rocosas esculpidas por el oleaje.

Un ecosistema que también fue motor económico

Durante buena parte del siglo XIX, estas mismas islas fueron el centro de la llamada «era del guano», cuando el excremento acumulado de las aves marinas se convirtió en uno de los principales productos de exportación del Perú, usado como fertilizante en Europa y América. Ese pasado económico dejó huellas visibles en la explotación histórica de la zona, aunque hoy la actividad principal es la conservación: el guano sigue extrayéndose de forma controlada y regulada, mientras la observación de fauna se ha convertido en el atractivo central para el visitante.

En tierra firme, la Reserva Nacional de Paracas ofrece un segundo circuito, esta vez en vehículo, por formaciones como la Catedral —un acantilado remodelado varias veces por sismos y erosión marina— y playas como La Mina o Yumaque, de arena rojiza y aguas tranquilas. Los guardaparques y guías de la zona coinciden en señalar que la combinación de desierto, mar y fauna concentrada en un área relativamente pequeña es lo que distingue a Paracas de otros destinos de naturaleza del país, donde suele hacer falta recorrer distancias mucho mayores para ver una diversidad comparable.

Para el turista que busca naturaleza sin alejarse demasiado de Lima, Paracas y las Islas Ballestas ofrecen algo que otros destinos peruanos no pueden igualar en tan poco tiempo: en una salida de medio día es posible ver lobos marinos, pingüinos y aves guaneras, y en la misma jornada recorrer acantilados desérticos frente al Pacífico, todo antes de volver a dormir en la capital.

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El centro histórico de Lima: patrimonio vivo entre el virreinato y la modernidad /notas/centro-historico-de-lima-patrimonio-vivo/ /notas/centro-historico-de-lima-patrimonio-vivo/#respond Tue, 24 Mar 2026 14:00:00 +0000 /notas/centro-historico-de-lima-patrimonio-vivo/ LIMA — Fundada por Francisco Pizarro en 1535 como la «Ciudad de los Reyes», Lima conserva en su centro histórico uno de los conjuntos urbanos coloniales mejor preservados de América del Sur. Declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1988, el casco antiguo concentra en pocas manzanas siglos de historia: desde la traza urbana original en forma de damero, heredada del urbanismo español, hasta edificaciones republicanas y intervenciones contemporáneas que conviven sin demasiados sobresaltos.

La Plaza Mayor —conocida durante siglos como Plaza de Armas— sigue siendo el punto de partida obligado de cualquier recorrido. Alrededor de ella se levantan el Palacio de Gobierno, la Catedral de Lima y el Palacio Arzobispal, con sus característicos balcones de madera tallada de estilo morisco, una de las señas de identidad más fotografiadas de la ciudad. A pocas cuadras, la Basílica y Convento de San Francisco conserva sus célebres catacumbas y una biblioteca colonial que atrae tanto a turistas como a investigadores.

Una ruta a pie entre iglesias, balcones y mercados

Caminar el centro histórico es, sobre todo, un ejercicio de contrastes. El jirón de la Unión, peatonal y comercial, conecta la Plaza Mayor con la Plaza San Martín, otro de los espacios cívicos más representativos de la ciudad, rodeada de edificios de inicios del siglo XX. A pocas cuadras de ahí, el barrio chino de Lima —uno de los más antiguos de América Latina— añade otra capa a la mezcla cultural del centro, con su arco emblemático y sus restaurantes chifa. Y no muy lejos, el Mercado Central recuerda que este sigue siendo, además de un destino turístico, un centro de vida cotidiana para miles de limeños.

Conservación en marcha

Como en cualquier centro histórico vivo, la conservación es un trabajo permanente. Programas de recuperación de fachadas, peatonalización de calles y puesta en valor de inmuebles patrimoniales han cambiado buena parte de la fisonomía del centro en las últimas décadas, aunque conviven todavía con los retos propios de una zona densamente poblada y comercial: tráfico, informalidad y la presión constante sobre construcciones antiguas de quincha y adobe, vulnerables a los sismos. Especialistas en patrimonio suelen insistir en que la sostenibilidad del centro histórico depende tanto de la restauración material como de mantenerlo habitado y en uso, evitando que se convierta en un espacio solo para visitar y no para vivir.

Para el visitante, el centro histórico de Lima ofrece algo poco común: la posibilidad de recorrer a pie, en pocas horas, iglesias virreinales, plazas republicanas, mercados populares y barrios con identidad propia, todo dentro de una ciudad que sigue funcionando a su alrededor con el ritmo de una capital de más de diez millones de habitantes.

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El pisco sour, el cóctel que se convirtió en embajador del Perú /notas/pisco-sour-embajador-liquido-del-peru/ /notas/pisco-sour-embajador-liquido-del-peru/#respond Thu, 05 Mar 2026 14:00:00 +0000 /notas/pisco-sour-embajador-liquido-del-peru/ LIMA — Pocas bebidas están tan asociadas a un país como el pisco sour lo está al Perú. Detrás de su receta aparentemente simple —pisco, jugo de limón, jarabe de goma, clara de huevo, hielo y unas gotas de amargo de angostura sobre la espuma— hay casi un siglo de historia de coctelería limeña, y una identidad que el propio Estado peruano reconoce desde 2004 con el Día del Pisco Sour, celebrado cada primer sábado de febrero.

El origen del cóctel se atribuye a los bares limeños de comienzos del siglo XX, en un momento en que la coctelería internacional —con el whisky sour como referencia— empezaba a mezclarse con los destilados locales. El resultado fue una bebida que conservó la estructura clásica de un «sour» —base espirituosa, ácido cítrico y endulzante— pero con el pisco como protagonista, lo que le dio un perfil aromático que ningún otro sour en el mundo puede replicar exactamente, dado que el pisco peruano es un destilado que no pasa por barrica y conserva intactos los aromas de la uva.

La técnica detrás de la espuma

Preparar un buen pisco sour es, según coinciden bartenders de distintas generaciones, más una cuestión de técnica que de ingredientes exóticos. La clara de huevo no se añade por sabor sino por textura: batida junto con el resto de los ingredientes, genera la espuma característica que corona el vaso. El equilibrio entre el ácido del limón y el dulce del jarabe de goma es el punto más delicado de la receta, y explica por qué la misma fórmula puede dar resultados muy distintos según la mano que la prepare. El pisco quebranta, de perfil más neutro y seco, suele ser la variedad más usada como base, aunque también existen versiones con pisco acholado o italia que aportan matices florales.

A partir de esa receta original se desprendieron variantes que hoy conviven en cualquier carta de bar peruano: el chilcano, más ligero, con ginger ale en lugar de jarabe; y sours de autor con maracuyá, coca, aguaymanto o rocoto, que sin dejar de usar pisco como base exploran otros perfiles de sabor. Esa capacidad de adaptación —conservar la estructura clásica mientras se reinventa con ingredientes locales— es, para buena parte de los bartenders peruanos, la razón por la que el pisco sour se sigue renovando sin perder identidad.

Más allá de la coctelería, el pisco sour funciona también como embajador comercial: acompaña la promoción del pisco como Denominación de Origen peruana en ferias internacionales y sigue siendo, para buena parte de los visitantes extranjeros, la primera bebida peruana que prueban al llegar al país. Esa combinación de tradición, técnica y proyección internacional explica por qué, más de un siglo después de sus primeras versiones en los bares limeños, el pisco sour sigue siendo el trago con el que el Perú se presenta al mundo.

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El mercado de Surquillo: la despensa que sostiene a la cocina limeña /notas/mercado-de-surquillo-despensa-cocina-limena/ /notas/mercado-de-surquillo-despensa-cocina-limena/#respond Thu, 12 Feb 2026 14:00:00 +0000 /notas/mercado-de-surquillo-despensa-cocina-limena/ LIMA — Antes de llegar a cualquier restaurante de la ciudad, buena parte de los ingredientes que definen a la cocina limeña pasan primero por un mercado. Y entre los muchos que existen en la capital, el mercado de Surquillo se ha ganado un lugar particular: no solo por el volumen y la variedad de lo que se vende ahí, sino porque se ha convertido en punto de referencia tanto para amas de casa de siempre como para cocineros profesionales que buscan el mejor pescado del día o el ají exacto que pide una receta.

Caminar sus pasillos es, en cierto modo, un resumen comprimido de la geografía peruana. En los puestos de pescados y mariscos —uno de los sectores más concurridos desde temprano— se encuentran especies de toda la costa: bonito, perico, lenguado, conchas negras, langostinos, pulpo. A pocos metros, los puestos de tubérculos exhiben decenas de variedades de papa nativa, camote y yuca, junto a canastas de ajíes frescos —amarillo, panca, mirasol, limo, charapita— que los propios vendedores suelen distinguir por su nivel de picor y su uso más frecuente en la cocina.

Un mercado que también enseña

Con el auge de la gastronomía peruana en las últimas dos décadas, mercados como el de Surquillo dejaron de ser solo un lugar de abastecimiento y empezaron a funcionar también como espacio de aprendizaje. No es raro cruzarse con grupos de turistas guiados por un cocinero local, recorriendo los puestos para identificar ingredientes antes de una clase de cocina, o con estudiantes de gastronomía tomando apuntes sobre variedades de ají que rara vez aparecen fuera del país. Los propios comerciantes de la zona suelen recibir estas visitas con naturalidad: llevan años explicando la diferencia entre un rocoto y un ají limo a quien lo pregunte.

La relación entre mercado y cocina de autor es, de hecho, uno de los rasgos más comentados del llamado boom gastronómico peruano: muchos de los chefs que hoy tienen restaurantes reconocidos siguen comprando personalmente en mercados como este, en lugar de depender solo de proveedores mayoristas, porque aseguran que ningún catálogo reemplaza la posibilidad de oler, tocar y probar el producto antes de comprarlo. Esa costumbre ha convertido a Surquillo, casi sin proponérselo, en una escala habitual dentro de circuitos gastronómicos y recorridos culinarios pensados para visitantes.

Más allá de la anécdota turística, el mercado sigue cumpliendo su función original: abastecer, todos los días, a una ciudad de millones de habitantes. Esa doble vida —despensa cotidiana y vitrina de la cocina peruana— es quizás lo que mejor explica por qué, entre semana y a cualquier hora de la mañana, sus pasillos nunca dejan de estar llenos.

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